viralizar la experiencia

Deja un comentario
Textos curatoriales

Texto publicado la Revista Balam N7 Fantasía (2021) | Arriba: Cobre que sabe a oro, de Beto Gutiérrez. Foto: cortesía Revista Balam.

Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta.
—Raffaella Carrà

Recibí la primera dosis de la vacuna contra el COVID-19 mientras avanzaba con la escritura de este texto. Soy consciente de la sincronicidad: revisitar la serie Cóctel de Alejandro Kuropatwa, en tanto que otro cóctel ─dos dosis de una vacuna y unos gramos de paracetamol─ prometen regresarnos cierta normalidad. Un discreto optimismo subyace también en el icónico proyecto del fotógrafo argentino sobre la combinación de medicamentos con la que se combate el virus del VIH/Sida desde mediados de los noventa. Para entonces, habían pasado 15 años desde la publicación, en el New York Times, del primer artículo que advertía acerca de la aparición de una extraña enfermedad entre hombres homosexuales.

Con una paleta de colores inofensivos y el registro económico, desdramatizado, de objetos tan cotidianos como un blíster, Kuropatwa levantaba la copa y celebraba la posibilidad concreta de la supervivencia.
Por lo demás, existen radicales diferencias en el tratamiento mediático de ambas enfermedades. En pocas semanas, la crisis del COVID-19 se viralizó en todas las pantallas, redirigió presupuestos nacionales y modificó rituales de contacto y socialización. El VIH/Sida, por el contrario, estuvo rodeado de silencio e inacción. Reagan esperó cuatro años y 6 mil muertes para nombrar la enfermedad públicamente por primera vez. Era 1985. En Argentina, Alfonsín era presidente y Kuropatwa, quien había vivido en Nueva York desde 1979, regresaba a Buenos Aires con el virus.

Rever las fotos de la serie Cóctel hoy, tanto tiempo después de su muestra inaugural en la galería Ruth Benzacar en 1996, genera un efecto ambivalente. Su título funciona como el chiste que alivia un momento tenso; anticipa mordazmente un desvío del registro piadoso con el que comúnmente se ha documentado la enfermedad. Las pastillas de Kuropatwa son tan reales como el vaso de agua que permite tragarlas, pero poseen también una dimensión irreal, fantasiosa, que permite percibirlas como piedras preciosas o golosinas. Incluso alejadas del lenguaje y de los protocolos con los que el documentalismo enfocó fenómenos de interés social, en estas imágenes sobrevive el impulso inagotable, desafiante, de todo activismo, el mismo que condujo al fotógrafo a abrir la boca para denunciar el precio de los cócteles de una fiesta a la que pocos podían entrar.

En uno de los únicos textos en los que Michel Foucault abordó específicamente la cuestión fotográfica [1], el francés se refirió a otra fiesta, el período de audaz experimentación y embriaguez que precedió la llegada del discurso moderno y de su sobria definición de lo que la fotografía supuestamente era. En adelante, prácticas creativas como la puesta en escena, la recreación o el collage fueron empujadas a los márgenes por una ortodoxia documental incapaz de imaginar las posibilidades de la fantasía que, como la cubierta dulce que disimula el sabor amargo de un medicamento, hace digerible la realidad. El conjunto de imágenes que explora este texto pone de manifiesto las facultades terapéuticas de la fantasía para identificar síntomas, tratar padecimientos y viralizar experiencias.

Como si se tratara de un examen físico, en Confort y protección, Carlos Herrera nos invita a repasar el cuerpo, recorriendo fisonomías que exhiben sin pudor su desnudez y virilidad. Originalmente publicados en revistas porno, apropiados y filosamente intervenidos, estos retratos muestran a sus protagonistas indiferentes ante su desmembramiento. En una traición al género pornográfico, el sexo de estos cuerpos se presenta como una promesa incumplida, dejando a quienes los observen en una interrupción masturbatoria. Si la casi ausencia de Kuropatwa constituye uno de los polos entre los que gravitó la representación de corporalidades queer durante las últimas décadas del siglo XX, las imágenes explícitas de Herrera participan de una tendencia opuesta de sobreexposición que anuncia la actualidad de sexualidades en 4K.

Richard Moszka pareciera verse a través de un microscopio, como un cultivo de bacterias. Aunque el artista se ubica en el centro de la representación, sus propuestas se hallan en un punto incierto entre la experiencia personal y la ajena. En estas imágenes, hace uso de estrategias escénicas como la máscara, el maquillaje o la intervención sin disimulo, generando una atmósfera expresionista, grotesca, que aparece repetida en sus exploraciones sobre comunidades marginadas o los efectos de enfermedades como el VIH/Sida o la adicción. Habiendo empleado la sangre en producciones anteriores, acá recupera cierta viscosidad febril en la que resuena la fascinante historia sobre la representación de los fluidos en el arte.

La boca abierta y deseosa de Beto Gutiérrez triangula con las de Kuropatwa y Moszka. En Cobre que sabe a oro, los fluidos dorados que penden de esa boca, a punto de caer o de ser tragados, constituyen una metáfora de la disolución de traumas fosilizados que alcanzan un nuevo estado de la materia. En este ritual de alquimia íntima, la transmutación de los metales da paso a una sublimación de los procesos traumáticos vinculados con la sexualidad de Gutiérrez. En un brindis consigo mismo, entre la parte de su cuerpo que ve hacia atrás y la que apunta al futuro, lo duro se ablanda, lo pesado se hace ligero. Se trata de una experiencia compartida que, con la complicidad de los lectores, se sostiene en un beso negro renovado con cada pase de página.

Al incluir una instancia de encuestas para la investigación sobre emociones y hábitos amorosos, el trabajo de Ana Vallejo también se presenta como una experiencia colectiva. Con Neuromantic, volvemos al principio: la crisis del COVID-19 y la circunstancia del confinamiento extendido. Aislada en su casa, Vallejo aplica rigurosidad científica a la examinación y mapeo de sus fracasos amorosos, recreados, a través de puestas en escena, recortes, rayaduras. Estas técnicas le permiten construir un mundo que aún no existe, compuesto por colores flúor, atmósferas alucinadas y golpes de flash.

En la página de un libro abierto, fotografiado por Vallejo, aparecen subrayadas tres palabras: «Pain and pleasure». ¿No parece ser este un binomio de opuestos que permite aproximarnos a estas cinco propuestas autorales? Dolor y placer. Y la fantasía como medicina compartida para encapsular experiencias y hacerlas virales.

Referencias
[1] FOUCAULT, Michel, La peinture photogénique, París, Le Point du Jour, 2014, p. 23.

The Author

autor, investigador y docente de temas vinculados con la fotografía y el pensamiento contemporáneo. buenos aires, argentina. buzon.jpg@gmail.com

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s